¡Suéltaloo, suéltaloooooooo!

No, no tengáis miedo. No voy a daros la brasa con Frozen. Pero el estribillo de la canción de marras, me venía hoy al pelo.


Hoy tengo que tocar un tema escatológico, porque ese “suéltalo” viene a cuento por los gases humanos. De los de las vacas ya se ocupa Greenpeace. 

Todo empezó el otro día, cuando de tienda en tienda, locas por las rebajas, buscando el bikini perfecto…¡zas! olor a pedo.

La primera reacción, incrédula, es abrir ligeramente las aletas de la nariz y asegurarte de que el dichoso apéndice no te ha jugado una mala pasada. Y te arrepientes enseguida, porque era muy real.

Esta situación se repitió en varias ocasiones. Y digo yo, ¿por qué? Que ya sé que es un cosa de lo más natural, pero ¡EN EL BAÑO!

Ayer fue en un centro comercial, pero me ha pasado lo mismo en una reunión de trabajo. De repente, el olor te atraviesa el cerebro como una bala. Y no das crédito. Que estamos trabajando señores. Miras con suspicacia a todo el mundo, y seguro que el resto también te mira tratando de averiguar en tu cara si una leve sonrisilla te delata. 

Tengo una conocida que afirma que el médico le dijo en una ocasión que los gases no hay que reternerlos nunca. Que hay que dejarlos ir. Soltarlos como dicen Elsa y su hermana en la película de Disney. Que no debe importarnos el momento.

Si todo el mundo siguiera este oloroso consejo, yo no invitaría jamás a mi familia a comer cocido. Y eso que tengo que reconocer que lo bordo. Pero si ninguno fuese a optar por aguantar los efectos secundarios de los garbanzos pedrosillanos… la fiesta podría terminar en tragedia.

Una vez más, me temo que esto va de educación. Que hay un momento para todo, pero que determinadas cosas hay que hacerlas en la intimidad más absoluta. He visto gente más encogido que el pobre Quasimodo por un gas atravesado. Conozco más de uno que ha visitado las Urgencias hospitalarias porque creía que era un infarto y solo era cuestión de un paso ruidoso por el baño. 

Si hay gente dispuesta a tamaño dolor por no molestar al prójimo, ¿por qué hay egoístas redomados, maleducados de pro que infestan nuestras narices del hedor más íntimo?

Una pregunta sin respuesta, supongo. Mientras tanto, yo seguiré comprando AeroRed.

@mardelolmoescritora

Me temo que es un tema con el que todos hemos sufrido… ¿Quien no ha visto salir a alguien corriendo de un ascensor y ha comprendido el motivo al entrar??

Yo he vivido esta situación y he subido rezando para que no parase en ningún piso hasta llegar a mi destino, porque si alguien se subía iba a pensar que era fruto de mi cuerpo…¡y eso sí que no!

Los pedos son como los hijos, hay que reconocer los propios y esquivar los ajenos, que se pegan a las faldas y es difícil deshacerse de ellos.

Pero creo que parte de culpa la tienen los medios de comunicación. Llevo escuchando en la radio en varias ocasiones, que para vivir de forma saludable hay que expulsar como mínimo 14 gases al día. ¿Que pasa si te los guardas? ¿explotas, se te ponen los ojos verdes?

Y en este tema ser educado no ayuda… Tuve un compañero de trabajo, vamos a llamarle “mapashito” que un día se alivió en la sala en la que trabajábamos junto a 5 personas más. Pensando que se le había “escapado” (porque se puso rojo como un tomate) todas desistimos de hacer ningún comentario y aguantamos estoicamente el olor… ¡AQUELLO FUE EL PRINCIPIO DEL FIN!

El individuo confundió nuestra educación y el hecho de no querer hacerle pasar un mal rato, como una señal de atrofia en nuestra glándula pituitaria, y debió pensar que no olía nada, que era obsesión suya, así que siguió tirando pedos a troche y moche!!

Pasamos de hacernos las locas a comentar el pestilente olor que se producía sistemáticamente por la zona que ocupaba, pero él ya no estaba dispuesto a renunciar a su “barra libre” de pedos.

Hablamos con el responsable de recursos humanos para que atajase el problema, pero lo único que conseguimos fue su ataque de risa floja, ¡ni un comentario al autor del delito!

Desesperadas por la inacción del hombre que tenía que haber puesto fin a nuestro martirio, un día le arrinconamos entre todas y le dijimos que si tenía un problema de aerofagia, fuera al médico, que nos hacía sentir como judías en Auschwitz y que no íbamos a soportar más escapes de aire de su cuerpo…¡ni estornudos!

La cosa funcionó, pero en esta ocasión si tuvo unas palabras con recursos humanos, que le recriminaba que pasaba más tiempo en el baño que en su puesto de trabajo.