PECADOS CAPITALES. LA IRA

Con la ira llegamos al ecuador de nuestra serie más pecadora. Agárrate que nos vamos a enfadar.

Queridos lectores, como es habitual, mis amigos de la RAE me han dicho en qué consiste la ira:

Ira, no ira. Huele a mierda

1. f. Sentimiento de indignación que causa enojo.

2. f. Apetito o deseo de venganza.

3. f. Furia o violencia de los elementos de la naturaleza.

4. f. pl. Repetición de actos de saña, encono o venganza.

Hay una acepción que me preocupa especialmente. La número 2 vuelve a hablar del apetito… ¿acaso saben los académicos cuánto adoro la comida? ¿Creéis que es posible que se trate de un caso de espionaje y ciberacoso hacia mi persona? ¿O es una nueva teoría de la conspiración de una rellenita incapaz de acabar con las comidas con salsa?

¡Me cago en todo!

Me estoy enfadando, te lo advierto.

Vamos a dejarlo en su significado más convencional, porque al final me cabreo, o lo que es lo mismo, sigo alimentando la ira. ¡Y otra vez de vuelta con la comida!

No puedo dejar de recordar que estamos en plena cuenta atrás para las Navidades, que a pesar de su origen como fiesta cristiana, la vamos a convertir en un rito satánico. Y no me tachéis de hereje, que lo digo porque en esas fechas vamos a caer en todos los pecados… ¿o no? ¿En vuestras casas no hay roces familiares, capaces de convertirse en guerra mundial, en esta entrañable celebración?

Si es que no, por favor, id a la tele y contadlo. A Got Talent se presenta gente con habilidades inusuales, y la vuestra sería mejor que la magia.

Creo que hay pecados más afines a unas personas que otras, y a un sexo más que a otro. Pues la rabia me parece más propenso a aparecer en personas con más años. Cuanto más viejo, más pellejo. Y más “mala leche”. Yo me sorprendo a mí misma a veces con unos discursos de amargada “quepaqué”. Y me acuerdo de antepasados muertos a los que temía por su rictus de asco permanente en la cara, consecuencia de un carácter agrio que le debería dejar mal sabor, no solo en la boca, sino hasta en las uñas de los pies. Y ahora me salen los genes enterrados… ¡Qué yuyu!

Me da miedo ahuyentar a los que me quieren si me convierto en una persona en constante enfurruñamiento. Quiero evitar insultar a quien no pone un intermitente a tiempo (para eso ya está la DGT o la Benemérita, pero yo no tengo tricornio), a quien se cuela con gracia en la cola del súper. No quiero enfadarme porque no se hacen las cosas como a mí me gusta, ni protestar porque alguien se ha dejado la luz del baño encendida. Todos nos equivocamos, todos dejamos cosas sin hacer, todos somos perfectamente imperfectos. Aprendamos a aceptarnos como somos sin intentar cambiar a nadie.

Si no te gusto, no mires. Que me cabreo…

Os voy a dar un buen consejo: si te levantas cabreado a diario, coge un lápiz, boli o pintura de colores, lo que tengas a mano, y póntelo en la boca. Muérdelo un rato. No te lo fumes. Muérdelo. Si estás un minuto con él así, cuando te lo quites, intenta sonreír. Verás qué fácilmente te sale. Repite la terapia a diario. Tu vida mejorará. Y la de los que te rodean….¡ni te lo cuento!

@mardelolmoescritora

Creo que soy iracunda de manual… Cuando me enfado, uno en mi persona todas las definiciones de la RAE en una sola: haces algo que me indigna, me cabreo, mi vénganza es instantánea y generalmente agresiva, que si te hubieran dado opción habrías elegido pasar un rato en el ojo de un huracán, y si no me quedo “satisfecha”, ¡¡TE LA GUARDO!!!

Para mí, este es el principio de la ira

Para mí la ira es algo físico, porque siento perfectamente como el calor abrasa mi cara (y sobre todo mis orejas) durante un segundo, y a continuación algo helador baja despacio desde el nacimiento del pelo hasta la nuca, despacio, muuuuyyy despacio…. ¡tienes décimas de segundo para huir! Es como un sofoco plácido, que en vez de sudores despierta agresividad.

Y así soy cuando acaba el “ataque”, asustada de mí misma…

Y como soy bruta pero noble, me paso gran parte de mi vida pidiendo perdón por estas reacciones instantáneas que en 54 años aún no he sido capaz de controlar… ¡Aunque ahora que lo pienso hace mucho que no me pasa, con la edad estoy perdiendo hasta el carácter!

Cuando se me pasa, me siento fatal

Pero he tenido reacciones que “telita con la niña”. Que le pregunten a mi hermano y a su cicatriz en el brazo, provocada por una herida infringida con una pata de cigala por dejarme en ridículo delante de amigos durante un viaje a Portugal… O a mis hijos, que todavía recuerdan con pavor aquel día en el que vacié sobre sus cabecitas todas las cajas de juguetes que tenían porque no recogían su cuarto, en un ataque de locura que me río yo de Jack Nicholson en El Resplandor… O a aquel pobre infeliz que, por hacer “la gracia” me tocó un pecho al entrar a un pub y al que estrujé los testículos hasta que se retorcía en el suelo y sus amigos consiguieron apartarme de él…

Doy mucho miedo…

Para mí es una acción instintiva, animal, no pienso solo actúo de forma automática y generalmente irracional.

No sé si reconocerlo aquí, públicamente, me exime de la culpa que siento después. Por si acaso, voy a ir esta tarde a hacer una visita a mi confesor. AMÉN