Somos muy de pueblo

Hace más de cuarenta años que dejé atrás mi pueblo. Nací en un lugar de La Mancha de cuyo nombre me acuerdo: Valdepeñas. Hoy, a diez días de cumplir cincuenta, sigo siendo muy de pueblo. Quiero, a veces, ser como Lydia Bosch. Con su voz meliflua. A mí, ese tono solo me sale en los ascensores o cuando hablo por teléfono. Siempre que no sea un tipo que trabaje como operador de televenta, que entonces, muerdo con palabras.

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A mí, a veces, me mola ser cateta.

CATETA. Solo la palabra ya me gusta.

Los manchegos somos muy de juntarnos a comer y beber. Creo que los del norte también, pero yo hablo de lo que conozco únicamente.

Cuando los miembros de la familia nos juntamos, mi marido dice que nos transformamos.

Recuperamos nuestro acento valdepeñero.

Bebemos vino como el agua de las bodas de Caná.

Besamos al estilo metralleta, como en las películas de Almodóvar.

¡Ah! Y también hacemos pisto.

Ser de pueblo o vivir en uno, tiene sus ventajas:

Saludas a la gente por la calle diciendo su nombre.

Te paras en la ventana del viejecito viudo que nunca sale desde que murió su mujer y le das un poco de conversación.

Escuchas la radio que sale de las casas mientras ventilan.

Sabes lo que van a comer tus vecinos por el aroma que entra en tu cocina.

Dejas a deber en la panadería porque saben que vas a volver.

Echas la tarde en la tienda de ultramarinos cuando te aburre el Cazamariposas o el Sálvame de ese día. Los del Sánchez Romero venden angulas con ojos y pedigrí, pero son unos siesos.

Te sabes palabras que solo se entienden en tu pueblo. Las más famosas de mi familia son: lejío, asurao, úsmea, y que nadie nos pida que las expliquemos, porque es evidente lo que significan.

Irte al pueblo ahora es muy de Rusticae, que está hecho por dos niñas bien. Antes era una vergüenza, pero ahora te da puntos para el colegio de los niños.

Señores de Aquarius, retomen la campaña de adopte un pueblo. Que no haya un urbanita huérfano en toda esta nuestra querida España. En honor a Cecilia, la cantante.

Mar

Yo soy más de pueblo, porque nací antes y porque pasé más tiempo allí. Estuve ocho años merendando pan con vino tinto y azúcar y eso imprime carácter…

MI VIDA PUEBLERINA

Con un año le mordí al perro de la familia debajo de una higuera (que no tiene nada que ver una cosa con la otra, pero le da un punto romántico ¿no?)

Con dos años me agarré mi primer pedo (de whisky), bebiéndome los restos de los vasos después de una cena de adultos en mi casa, y amenacé a mi padre con atizarle con la garrota cuando fuera viejo; amenaza que aún no he cumplido porque su sistema locomotor va de cine y aún no necesita apoyo extra…

Con tres años veía a mi abuela (muerta décadas atrás) en el corral de mi casa mientras mi madre tendía la ropa. Hice una descripción tan exacta de cómo iba vestida que mi madre, aterrorizada, me agarró del brazo y salió volando hacia dentro. Todo muy de Almodóvar… Sobre todo, la escena posterior, en la que mi madre tenía que lavar la ropa de nuevo en la tina con la tabla de madera…

Con cuatro años, a falta de piscina, me bañaban en verano en media tinaja de vino que colocaban en el patio.

Con cinco años les di una paliza con la cartera del cole a unos chicos del instituto próximo, que le robaron la suya a mi hermano, un año menor que yo. Salieron corriendo y gritando: “Dejad a la rubia, que es una fiera”.

angry michelle tanner GIF by Bubble PunkCon seis años lloraba de risa con mis hermanos en el “cuarto de baño” de la casa de mi abuelo: una tabla de madera elevada con un agujero en medio. Mientras uno lo usaba, el resto esperaba abajo para ver “el fruto de su cuerpo”.

Con siete vi un ovni junto a una amiga en una mañana gris. Creo que nadie nos creyó, pero nosotras, cuando nos reencontramos, seguimos recordando nuestro “encuentro en la tercera fase”.

Yo no te pego, te arreo una guantá.

Yo no estoy gorda, estoy hermosa.

Como veis ¡soy más basta que las amapolas! Mi hermana se alegra de ser de pueblo, pero yo cada día doy gracias a mis padres por sacarme de allí, porque en caso contrario, estoy segura de que a estas alturas de mi vida tendría el hígado destrozado, estaría casada con un jornalero de la vendimia y pasaría las tardes “al fresco” sentada en una silla de enea en la puerta de mi casa.

Lou

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