El día en que me pasé a la bragafaja

Existe una evolución en mi historia con la ropa interior. De las braguitas de algodón con algún toque floral o fruta muy discreto (el blanco inmaculado era la única opción viable por tradición) pasé a ropa de tejidos más sintéticos y más ajustables. Los pantalones que llevaba eran casi una segunda piel y no debería notarse la pata de la braga. 

Un aciago día una compañera de trabajo me dijo que debería pasarme al tanga, que era horrible que la gente notara tus bragas debajo del pantalón.

Mucho peor sería no llevarlas. Si se me notaban, era señal de que podría reutilizar el pantalón sin necesidad de lavarlo por contacto. Ya me entiendes… 

Pero, para ser sincera, soy muy influenciable. O lo era. Ahora tengo más personalidad. O que me la trota lo que me digan. A gusto del consumidor.

Me pasé al tanga, ¡y qué manera de sufrir por Dios! si antes era incómodo el rato en que se te metían las bragas por donde no debían hasta que conseguías ir a un baño a recolocarte, imagina vivir en un “porculio” constante. Todo el día notando algo ahí donde no debería haberlo. 

Yo no notaba que andaba con el culo “apretao”, en un ridículo intento de que aquello no fuera a más. 

Si hubiera dio a más no sé si tendría que haber hablado de violación o de masturbación anal, porque al fin y al cabo, me las había puesto yo solita. 

Veinte años estuve viviendo así. Porque al final me acostumbré y no salía sin mi tanga a ningún sitio. 

Hasta que una mañana de un día cualquiera, al vestirme para ir a trabajar, noté que el tanga se me colocaba incómodamente entre mis hemorroidales souvenirs dejados por mis hijos en ambos partos. Y pensé: ¿qué necesidad tengo yo de esto? ¿que no se me noten las bragas? ¿a ojos de quién?

¡Que no me miren el culo, eso es lo que tienen que hacer!

Desde entonces, estoy abonada a las bragas de cuello alto y pata baja. Recogiendo la barrigota cervecera y el culo colgón. 

Y más a gusto que en brazos. 

Mar

Al ver la foto de inicio que ha puesto mi hermana, pensaba que era yo…. ¡No digo más!

A mi la ropa interior me importa tanto como la vida privada de Belén Esteban…

Es cierto que, cuando tienes edad para “estar en mercado” eso te puede preocupar más, pero como actualmente mis oportunidades de tener una aventura son las mismas que las de que me caiga sobre la coronilla una pieza de la estación espacial internacional, es algo que me la trae bastante al pairo….

¡Busco solo comodidad! Para lo que enseño la ropa interior, escogerla solo es una opción si voy a la ginecóloga (si, con A, tampoco me he planteado nunca tener ginecólogo, porque como podría entender un hombre lo que es un dolor de ovarios…).

Me decanto por las prendas sin costuras, y tipo culotte (que como bajan un poco, se notan menos las pistoleras). Antes las prefería blancas, pero como tras el primer paso por la lavadora (puesta diligentemente por mi querido esposo) se volvían grisáceas, he decidido que el negro es mi color, que tiene menos variación cromática con los lavados y me ahorra un montón de momentos de mala leche con el “lavandero”.

Recuerdo que cuando se estrenó la primera película de Bridget Jones, me llamó una amiga para decirme que le había recordado mucho a mí… ¡Por el carácter y la ropa interior! ¡¡CON UN PAR!!

Sinceramente, prefiero las bragas de cuello alto a las de “hilo dental”, porque yo soy de reflejos, y si noto algo fuera de sitio o que me incomoda, intento solucionarlo de manera automática, sin pensar en llegar a un baño… Claro, que no puedo usar jerséis cortos, porque normalmente me sobresalen del pantalón, así que cuando levanto los brazos el espectáculo es dantesco…

Pero es que he sido siempre bastante pragmática y, sinceramente, cuando eres joven y pasional, para lo que te duran puestas…

¿¿MERECE LA PENA LA INVERSIÓN??

Lou