Adiós verano, adiós

¡Ojalá viviera en un verano eterno!

De las cosas que más me cuestan del mundo mundial, es despedir el verano… ¡Es que me mola todo lo de esa estación! Y no es por las vacaciones (qué también), es sobre todo porque para mí el verano ¡es un estado de ánimo!

Todo es más fácil en verano: estar guapa, vestirte, salir, trabajar, hacer amigos, disfrutar…

Me encanta la “tribu” en la que nos convertimos en la época estival; intento explicarlo, vamos a la playa con un libro y acabas haciendo castillos con el hijo de los de la sombrilla de al lado, que como te han visto sonreír a su retoño, piensas que vas a estar encantada de jugar con él, porque por tu edad queda claro que tú ya estás esperando nietos….

Vas a un chiringuito y te sientas en una mesa, y a los cinco minutos una pareja te pregunta si no te importa que se sienten contigo, que no queda nada libre, y disfrutas como una enana viendo como se pegan el filete delante de tus narices y hay veces que, en un arranque de fraternidad, hasta te dejan sus consumiciones para que las pagues tú!!

Es maravilloso contemplar la puesta de sol en el mar, mientras das codazos a compañeros de paseo marítimo para conseguir el mejor sitio para conseguir la foto perfecta.

Te haces un máster completo en música apta para perrear al dormir con las ventanas abiertas cerca de la zona donde los más jóvenes celebran cada día su botellón.

Te das cuenta de la importancia de la familia, de tener lejos a la familia, cuando después de siete días de convivencia darías tu paga extra por volver a tu trabajo de ocho horas bajo las luces de los tubos fluorescentes.

Si, adoro el verano y odio con toda mi alma el “romanticismo” del otoño, con su caída de hojas (que me hace pensar en todo lo que se me está “cayendo” a mí), con su melancolía (que en mí se convierte en depresión) y con todos sus cálidos colores (que me recuerdan el rojo de mi cara cuando me entra “la caló”).

Así que cuento los días para el próximo verano y rezo para que me pille con un quintal menos de peso…

Lou

Pues lamento decir que yo estoy viviendo en esta nueva estación inventada que se llama veroño. Hace más de un mes que tomé la difícil decisión de despedirme del verano. Sigue haciendo calor, sigo sudando como una cerda viendo a su vecina en la matanza, sigo sin acudir a una oficina a diario, pero se me acabó el espíritu estival.

Que no tengo yo el “chichi pa ruidos” y ya está.

Lou se ha pasado el verano repitiendo la palabra cefalópodo, hasta que me pareció normal hasta decirla en público. ¡Ella y sus estudios de Biología! Y el otro día me enseñó “ciclotímica“. Dice que es la depresión asociada a los cambios de estación. Y yo, sin llegar a la depre, que son palabras mayores, me pongo muy melancólica con el otoño

Pero como estoy en el veroño, vivo un constante altibajo del humor. Hay días que me levanto con tal energía que a veces dudo de que la sacarina del café no sea realmente cocaína o alguna otra droga hiperestimulante. Me invaden los planes, atosigo a mi familia con las cosas que bailan en mi cabeza, hablo, hablo y hablo con quien no quiere hablar porque es demasiado pronto por la mañana y alargo mis jornadas durante 19 horas.  Y al día siguiente soy un moco con patas. Todo es triste, desde los vaqueros que olvidé echar a lavar hasta la obligación de ducharme. Porque es una obligación. No se puede castigar a quien te rodea de tu estado mental de estupidez transitoria.

No quiero pensar cómo reaccionaré cuando la luz del sol se esconda detrás de las nubes hasta febrero o marzo. Las hojas ensuciando las calles, las bandadas de pájaros volando hacia el sur, los adolescentes de vuelta a sus rutinas de verdad… Esa será la señal del OTOÑO.  Con mayúsculas. Así que tengo un plan: voy a superar mi aversión por los pájaros y voy a hacer como ellos, cuando la cosa se ponga gris, agarro mis trastos y tiro para el sur, como dice la canción, “el mar me cura la herida”. 

@mardelolmoescritora

 

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